y el viento.

Como buen administrador lo dejó todo resuelto. Autónomo, soberbio y eficiente, ni si quiera a la muerte le pudo delegar los trámites pendientes. Dejó una pila de tareas encomendadas, facturas pagas, formularios llenos, herencias certificadas, y problemas resueltos. Ni bien acabó el trabajo saltó por la ventana.

Después llegó ese viento, arrogante que invadió la escena, torpe que desparramó los papeles, grosero que desordenó los testamentos, insolente que se burló de un pobre viejo meticuloso.

Aquel orden era un templo. El living un museo. Porque el último escenario del difunto es la primera escena de su muerte (al menos en los ojos de quién lo encuentra). Esa cruel imagen, perversa y adictiva, nos resucita al muerto.

La taza con la marca de su baba, el saco colgando del perchero, los geranios hipócritas, el desorden final, las evidencias de su cotidianeidad, nos hacen creer que aparecerá por esa puerta diciendo la preciosa frase: No morí.

Este living era sagrado porque trascendía al muerto, lo sobrevivía, lo revivía, y ese viento hijo de puta era un intruso que venía a profanar el escenario.

Así fue como él lo vio.